Por Carlos Ernesto Alvarado Márquez.
Hay personas que no soportan el silencio; otras no soportan que las contradigan. Luego está el poder, que con cierta frecuencia desarrolla una alergia bastante peculiar; las preguntas. No las fáciles, esas siempre encuentran respuesta en un boletín de prensa, hablo de las otras, las que llegan cuando alguien pregunta por un contrato, por un desaparecido, por una promesa incumplida o por una cifra que dejó de cuadrar. Esas preguntas nunca han sido populares en los palacios de gobierno y, para ser justos, tampoco en muchos tribunales, congresos o partidos políticos. La diferencia es que antes se intentaba responderlas; ahora parece más eficiente discutir si la pregunta estaba suficientemente contextualizada.
Karl Popper dedicó buena parte de su vida a estudiar esa vieja tentación del poder; la de creer que gobernar consiste también en administrar la verdad. Había visto demasiados gobiernos convencidos de actuar por el bien de la humanidad y todos compartían una curiosa coincidencia; ninguno aceptaba con facilidad que alguien pudiera llevarles la contraria. No importaba si hablaban en nombre de la nación, de la revolución o del pueblo, siempre terminaban explicando que la libertad podía esperar un poco, solamente mientras ellos arreglaban las cosas. La historia demuestra que ese “mientras tanto” suele durar bastante.
México discute hoy los derechos de las audiencias y el nombre resulta casi perfecto; nadie en su sano juicio podría declararse enemigo de los derechos. Distinguir una noticia de una opinión, impedir que la publicidad se disfrace de información o fortalecer el derecho de réplica forman parte de cualquier democracia seria; hasta ahí cuesta trabajo encontrar un desacuerdo. La conversación cambia cuando aparecen conceptos cuya interpretación depende de quien tenga el poder para aplicarlos; expresiones como información “descontextualizada” o contexto suficiente han despertado reservas entre especialistas, académicos y la Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión, precisamente porque advierten que una regla ambigua puede terminar produciendo algo mucho más eficaz que una multa; periodistas que prefieran callar antes que averiguar, editores que opten por archivar una investigación y medios pequeños que descubran que el silencio siempre sale más barato.
La censura también evolucionó; dejó de usar botas porque hacían demasiado ruido, ahora viste traje, organiza consultas públicas, utiliza un lenguaje impecable y promete proteger derechos. Hay que reconocerle el ingenio; descubrió que no hace falta cerrar una estación de radio cuando el propio conductor comienza a preguntarse si vale la pena tocar determinado asunto, tampoco resulta necesario retirar un periódico de circulación cuando el reportero decide que esa última pregunta puede esperar. Es un mecanismo extraordinario; el miedo trabaja solo, nunca se sindicaliza y además entrega resultados antes del plazo.
Durante décadas nos dijeron que el ciudadano era suficientemente maduro para elegir presidente, senadores, diputados, gobernadores y hasta personas juzgadoras; ahora parece que no puede distinguir una noticia de una opinión sin que el Estado lo tome de la mano, qué frágil resultó nuestra inteligencia colectiva; resiste campañas electorales, promesas imposibles, espectaculares, encuestas, mañaneras y toda clase de propaganda, pero podría desintegrarse frente a un noticiero de media hora. Menos mal que siempre aparecerá algún funcionario dispuesto a pensar por nosotros; el sacrificio merece, cuando menos, un reconocimiento administrativo.
Montesquieu desconfiaba tanto del poder que imaginó una Constitución donde un poder detuviera al otro; Popper fue todavía más desconfiado, pensaba que ni siquiera las mayorías debían sentirse dueñas de la verdad. Ambos compartían una intuición sencilla; el problema nunca es el gobernante que reconoce sus límites, el verdadero peligro aparece cuando alguien empieza a creer que sus convicciones justifican ampliar sus facultades. La Constitución no existe porque los gobiernos sean virtuosos; existe porque tarde o temprano dejan de serlo.
Lo verdaderamente curioso es que todos los gobiernos prometen exactamente lo mismo; ninguno llega diciendo que limitará libertades, todos ofrecen protegerlas, cuidarlas, fortalecerlas. El lenguaje cambia, las ideologías cambian, incluso cambian los colores de los partidos, pero esa vieja costumbre permanece intacta; convencer al ciudadano de que entregar una pequeña porción de libertad es un precio razonable por vivir un poco más seguro. La factura casi nunca llega el mismo día y quizá por eso pocos la notan.
La democracia tiene un defecto insoportable para quienes aman el control; obliga a convivir con periodistas incómodos, académicos impertinentes, ciudadanos mal pensados y opositores que hacen preguntas cuando sería mucho más cómodo aplaudir. Es ruidosa, desesperante y, en ocasiones, profundamente injusta; aun así, sigue siendo infinitamente menos peligrosa que un sistema donde alguien decide qué debemos escuchar y qué conviene corregir antes de que llegue a nuestros oídos.
al vez Popper exageraba, o quizá simplemente conocía demasiado bien la naturaleza humana. Lo cierto es que cada generación cree haber encontrado el gobierno que jamás abusará del poder y cada generación termina descubriendo la misma lección. El poder nunca se conforma con gobernar; tarde o temprano también quiere explicar la realidad y, si nadie le pone límites, acaba sorprendiéndose de que todavía existan ciudadanos con la pésima costumbre de pensar por su cuenta. Después de todo, un pueblo que pregunta siempre da más trabajo que uno que únicamente escucha.



























