Por Carlos Ernesto Alvarado Márquez.
Hay algo que siempre me ha causado gracia cuando se acerca un Mundial; millones de personas creen que la FIFA organiza un torneo de futbol, cuando en realidad organiza uno de los negocios de propiedad intelectual más rentables del planeta. El futbol es indispensable, claro, pero no es donde está el verdadero dinero; el dinero está en las marcas, en los patrocinadores, en los contratos, en las licencias y en los derechos de transmisión que valen miles de millones de dólares.
Y tampoco es un pecado. Si alguien invierte semejante cantidad de recursos, resulta lógico que quiera protegerlos. El problema aparece cuando la protección comienza a crecer más de la cuenta y uno ya no sabe dónde termina el derecho legítimo y dónde comienza la tentación de adueñarse de todo lo que rodea al espectáculo.
Porque una cosa es vender camisetas falsas con logotipos oficiales y otra muy distinta comportarse como si también se tuvieran derechos exclusivos sobre la conversación pública. Ahí es donde el asunto se vuelve interesante; usted puede criticar al árbitro, burlarse de una selección, decir que determinado entrenador toma decisiones más extrañas que algunas autoridades cuando interpretan la ley, hacer memes, análisis o comentarios en redes sociales, y nadie debería impedirlo. Lo que no puede hacer es retransmitir el partido completo como si hubiera comprado los derechos de televisión; ahí aparecen los abogados con una velocidad que haría sonrojar a más de un delantero.
Luego están los oportunistas, que merecen un capítulo aparte. Son esas empresas que descubren una pasión colectiva y deciden subirse al tren sin pagar boleto; llenan sus anuncios de balones, porterías, colores patrios, uniformes y frases sospechosamente mundialistas, pero cuidan cada palabra para no mencionar aquello que podría meterlos en problemas. Los especialistas lo llaman marketing de emboscada; en el barrio siempre tuvo otro nombre, aprovecharse de la fiesta ajena.
Y la verdad es que tampoco les falta ingenio. Si alguien logra vender más sin utilizar una sola marca registrada, uno empieza a preguntarse si estamos frente a un fraude o frente a una clase gratuita de creatividad empresarial. Ahí es donde aparecen los abogados de ambos lados para discutir durante meses algo que cualquier aficionado resolvería en treinta segundos frente a una cerveza.
Lo curioso es que detrás de toda esta discusión aparece una pregunta mucho más grande que el propio futbol; ¿hasta dónde puede una organización proteger lo suyo sin terminar apropiándose de algo que pertenece a todos? Porque el futbol no nació en una oficina corporativa, ni en una sala de juntas, ni en un despacho lleno de contratos; nació en las calles, en los barrios, en terrenos de tierra donde dos piedras servían de portería y donde nadie imaginaba que algún día existirían disputas millonarias sobre quién puede usar una imagen, una frase o una referencia relacionada con un partido.
Quizá por eso resulta tan extraño ver que alrededor del Mundial a veces hay más abogados que defensas centrales. Mientras unos intentan meter goles, otros intentan proteger marcas; mientras unos corren detrás de un balón, otros corren detrás de cualquier uso no autorizado de una palabra, una imagen o una transmisión. Todos hacen su trabajo, pero no deja de ser una imagen curiosa para un deporte que durante décadas se presentó como el juego del pueblo.
Y tal vez ahí esté la parte verdaderamente interesante. La FIFA tiene derecho a proteger sus marcas, como cualquier persona tiene derecho a proteger lo que es suyo; lo que merece atención es esa tendencia tan humana de querer extender los límites un poco más cada vez. Pasa en los gobiernos, pasa en las empresas, pasa en las organizaciones y pasa en cualquier espacio donde existe poder. Se empieza protegiendo algo legítimo y poco a poco surge la tentación de controlar todo lo que gira a su alrededor.
Al final el futbol seguirá sobreviviendo a patrocinadores, directivos, contratos y campañas publicitarias; ha sobrevivido cosas peores. La verdadera pregunta es si algún día olvidaremos que el negocio existe gracias a la pasión de millones de personas y no al revés. Porque a veces, viendo ciertos pleitos jurídicos, da la impresión de que algunos creen que los aficionados fueron inventados para servir al negocio, cuando en realidad el negocio existe porque primero existieron los aficionados.
Y eso sí; el deporte más popular del planeta nació para jugarse con un balón, pero cada cuatro años termina recordándonos que el objeto más importante no siempre está en la cancha, sino en la caja registradora.


























