Por Carlos Ernesto Alvarado Márquez
El Mundial está por terminar, el próximo domingo 19 de julio se jugará la final y, como ocurre cada cuatro años, millones de mexicanos volveremos a descubrir que llevamos dentro un director técnico, un preparador físico y hasta un árbitro internacional; sabemos quién debió ser titular, en qué minuto tenía que hacerse el cambio, por qué faltó presión en la salida y cuál jugador no merecía vestir la camiseta, la selección mexicana quedó eliminada por Inglaterra en octavos de final, después de perder tres goles contra dos, y el país reaccionó como acostumbra, con una mezcla de enojo, resignación y análisis táctico desde el sillón.
Al futbolista le exigimos preparación, disciplina, resultados, buena alimentación, concentración absoluta y la obligación casi patriótica de no equivocarse frente a la portería; al entrenador le reclamamos que estudie al rival, corrija la estrategia y responda por cada derrota, pero cuando se trata de quienes gobiernan, legislan, juzgan o ejercemos el derecho, la vara cambia misteriosamente de altura, un delantero falla un penal y debe pedir perdón a la nación, un funcionario arruina una política pública y recibe otro cargo, un legislador aprueba una norma que no entiende y presume la votación, un abogado presenta un escrito deficiente y culpa al juzgado, al cliente, al sistema o a Mercurio retrógrado, según la creatividad disponible.
Quizá por eso conviene preguntarnos, precisamente este 12 de julio, qué hace realmente un abogado; la respuesta habitual parece sencilla, redacta demandas, contesta agravios, tramita amparos, prepara contratos, busca jurisprudencia, interpone recursos y habla una variante del español donde una frase de quince palabras necesita cuatro páginas, cinco tesis aisladas y una expresión en latín que nadie solicitó, durante años confundimos esas tareas con la profesión entera, como si jugar futbol consistiera en correr detrás del balón sin importar hacia qué portería.
Un abogado debería conocer las reglas, desde luego, pero también entender el partido; escuchar a quien pide ayuda, identificar el verdadero conflicto, anticipar consecuencias, evitar daños, explicar con claridad y saber cuándo litigar, cuándo negociar y cuándo decirle al cliente que el derecho no sirve para satisfacer caprichos, ejercer la abogacía exige técnica, criterio y responsabilidad, aunque en demasiados casos terminó convertida en una industria del trámite, el expediente pasa de una oficina a otra, acumula sellos, engorda con promociones inútiles y llega a sentencia cuando las partes ya olvidaron por qué comenzaron a pelear.
Tenemos además una relación curiosa con la capacitación; al seleccionado nacional le reclamamos que entrene todos los días, pero algunos abogados consideran que terminaron de estudiar cuando recibieron la cédula, cambian la Constitución, las leyes, la jurisprudencia, los procedimientos y la realidad social, mientras ellos siguen utilizando el mismo formato heredado por un compañero que lo recibió de otro compañero, cuyo origen probablemente se remonta a una máquina de escribir con papel calca, el “machote” se volvió una especie de tradición oral del foro, nadie sabe quién lo redactó, pocos se atreven a corregirlo y todos confían en que alguna vez debió funcionar.
Ahí entró la inteligencia artificial, no como el delantero extranjero que viene a quitarnos el puesto, sino como El VAR que exhibe en cámara lenta nuestras carencias; puede localizar normas, comparar precedentes, ordenar expedientes, revisar contratos y preparar borradores en minutos, de modo que muchas tareas presentadas durante décadas como alta ciencia jurídica resultaron ser trabajo repetitivo con saco y corbata, la máquina no aprendió a ser abogada, aprendió a ejecutar varias actividades que nosotros confundimos con ejercer la abogacía.
Tampoco conviene entregarle la copa antes de tiempo, la inteligencia artificial se equivoca, inventa jurisprudencia, mezcla legislaciones, altera fechas, atribuye criterios inexistentes y redacta argumentos elegantes sobre normas que jamás fueron promulgadas; tiene la seguridad de un comentarista deportivo que nunca pateó un balón, pero siempre sabe por qué perdió el equipo, por eso usarla sin preparación jurídica no vuelve más competente a nadie, solamente permite cometer errores con mayor velocidad, mejor ortografía y una presentación bastante convincente.
El problema no está en la herramienta, sino en quién la utiliza; un abogado capacitado puede emplearla para revisar miles de documentos, detectar contradicciones, encontrar patrones de corrupción, estudiar decisiones judiciales o construir una estrategia mejor informada, uno sin formación apenas conseguirá producir escritos más largos, con citas falsas y una confianza artificial que el cliente terminará pagando, la tecnología amplifica lo que ya somos, en buenas manos fortalece el criterio, en manos improvisadas industrializa la negligencia.
Por eso la preparación dejó de ser una cualidad deseable y se convirtió en una obligación ética (aunque a los que están y han estado en el poder nuca les ha gustado eso); quien asesora sobre la libertad, el patrimonio, la familia o el trabajo de otra persona no puede litigar de memoria, tampoco debería esconder su desconocimiento detrás de palabras difíciles, porque cada error jurídico tiene consecuencias que no se borran reiniciando el programa, la plataforma puede sugerir una defensa, pero no responderá ante el cliente, el tribunal o la víctima, tampoco perderá prestigio, empleo o sueño cuando el asunto termine mal, quien firma sigue siendo el abogado y la responsabilidad no admite botón de deshacer.
Mientras se acerca la final del Mundial, tal vez convenga observar la disciplina que exigimos dentro de la cancha y compararla con la indulgencia que practicamos fuera de ella; pedimos que once jugadores carguen con el orgullo nacional durante noventa minutos, pero toleramos que quienes manejan presupuestos, redactan leyes, imparten justicia o defienden derechos lleguen sin entrenamiento, sin estrategia y, en ocasiones, sin haber leído siquiera el expediente, al futbolista lo sustituye el entrenador cuando baja su rendimiento, al incompetente público solemos darle seis años y una conferencia de prensa.
Este Día de la Abogacía merece menos felicitaciones automáticas y un poco más de autocrítica; necesitamos estudiar, actualizarnos, escribir con claridad, comprobar cada fuente, comprender la tecnología y recordar que saber localizar una ley no equivale a entenderla, la inteligencia artificial podrá controlar el balón, calcular la jugada y sugerir el pase, pero todavía corresponde al abogado decidir hacia dónde corre y por qué vale la pena hacerlo.
México exige más preparación a su selección de futbol que a buena parte de quienes dirigen el país y administran su justicia, quizá por eso perdemos partidos cada cuatro años, pero derechos todos los días, y mientras al delantero que falla frente al arco lo mandamos a la banca, al abogado que no estudia todavía le decimos licenciado.



























