Por Carlos Ernesto Alvarado Márquez.
Cuando el filósofo murió, la democracia siguió funcionando, nadie detuvo el tráfico, el café siguió caliente y los discursos continuaron tan seguros como siempre. Parecía que no había pasado nada.
Hace más de un siglo Friedrich Nietzsche imaginó a un loco corriendo con una linterna en pleno día gritando: ¡Busco a Dios! La gente se burlaba porque creían que el problema estaba resuelto. Pero el loco no celebraba ninguna victoria,escribía un epitafio. La humanidad había eliminado el fundamento que durante siglos sostuvo la verdad, el bien y el deber. No era un triunfo de la razón, era la noticia de un crimen civilizatorio.
Desde entonces vamos cambiando nuestra forma de vida. Todo se discute y todo se relativiza, las instituciones siguen en pie con sus edificios solemnes, sus ceremonias y sus discursos pulidos. Lo incómodo es que cada vez convencen menos, conservan la forma, pero pierden el peso. El viejo centro desapareció y nadie explicó cómo vivir sin él.
Este fin de semana murió Jürgen Habermas, uno de los últimos filósofos que todavía insistían en algo que hoy suena casi ingenuo. Que la democracia debía sostenerse en razones y no sólo en fuerza. Su pregunta era incómoda y simple:¿Por qué obedecemos la ley?
Durante años la respuesta fue fácil. Porque el poder manda, porque el Estado castiga, porque siempre ha sido así. Habermas dijo algo mucho más peligroso para cualquier gobierno. La ley sólo es legítima cuando puede justificarse frente a ciudadanos libres e iguales. No basta con que una mayoría levante la mano. Tampoco basta con que el poder tenga micrófono.
La teoría suena elegante en los libros y bastante incómoda cuando se mira la realidad. En México nos gusta repetir que vivimos en democracia, el problema es que cada vez discutimos menos con argumentos y más con consignas. La deliberación pública se volvió espectáculo, la razón compite con el algoritmo y la ley termina justificándose con una frase tranquilizadora. Lo decidió la mayoría.
Habermas advertía algo que hoy parece una crónica anticipada. Cuando el derecho deja de justificarse con razones y se apoya sólo en propaganda, poder o aplausómetro, la democracia no se derrumba de inmediato. Sigue funcionando por costumbre mientras pierde sentido.
Tal vez por eso la escena de Nietzsche sigue siendo actual. Un loco buscando algo que todos creen innecesario. No estaba buscando a Dios, estaba buscando el fundamento.
Y viendo cómo se discuten hoy las leyes, tal vez pronto tengamos que salir a buscarlo también. Porque cuando el derecho deja de apoyarse en razones y empieza a apoyarse sólo en poder, el Estado de derecho no desaparece de golpe. Sólo cambia de nombre y sigue funcionando. Hasta que un día deja de hacerlo. Y entonces todos fingen sorpresa.

























