Autores: Blanca Paola Sustaita Castro1, Irma González Curiel1, César Rivas Santiago2.
1Maestría en Ciencias Biomédicas, Área de Ciencias de la Salud, Universidad Autónoma de Zacatecas, Campus Siglo XXI. Carretera Zacatecas-Guadalajara Km. 6, ejido La Escondida. C.P. 98160, Zacatecas, Zacatecas,México.
2Investigador por México, SECITHI-UAZ, Unidad Académica de Ciencias Químicas, Universidad Autónoma de Zacatecas, Campus Siglo XXI. Carretera Zacatecas-Guadalajara Km. 6, ejido La Escondida. C.P. 98160, Zacatecas, Zacatecas, México.
Cuando pensamos en envejecer solemos imaginar canas, arrugas o en una disminución de la fuerza
física. Sin embargo, mucho antes de que estos cambios sean visibles, nuestro cuerpo experimenta
transformaciones profundas a nivel celular, una de las más importantes, es la aparición de un estado
inflamatorio de baja intensidad que se desarrolla a lo largo de la vida y que hoy es reconocido como
uno de los procesos más importantes del envejecimiento [1].
La inflamación es una respuesta organizada y dirigida contra infecciones o lesiones, pero no significauna potente amenaza para la salud. En ese sentido, las células del sistema inmunitario se activan para eliminar dicha amenaza, y una vez eliminada, el botón de apagado regresa a su estado neutro, atentas a su próxima intervención. Sin embargo, durante el envejecimiento, estas células pueden dejar de apagarse generando un proceso de inflamación de larga duración, aun cuando no hay ninguna amenaza por eliminar. A este proceso se le conoce con el término de “Inflammaging”, que justamente proviene de las palabras “inflamación” y “envejecimiento”, este concepto fue propuesto por Claudio Franceschi a principios de los años 2000 para describir el aumento de moléculas inflamatorias que ocurre durante el envejecimiento y que puede influir en el desarrollo de diversas enfermedades asociadas a la edad [1, 2].
Nuestro sistema de defensa experimenta desgaste y/o agotamiento conocido como inmunosenescencia. Este proceso se caracteriza por una deficiente respuesta frente a nuevos microorganismos (virus, bacterias) y la memoria inmunológica es limitada. La inmunosenescencia no sólo se asocia con el debilitamiento de las defensas, también se relaciona a una falta de regulación en el proceso inflamatorio; justo aquí se centra el término, “inflammaging”; por que a medida que envejecemos, las células dañadas se acumulan y se resisten a morir y adoptan un comportamiento hiperactivo conocido como: Fenotipo Secretor Asociado a la Senescencia (SASP). A través del cual se libera continuamente un cóctel de moléculas de alerta, como las citocinas IL-6 y TNF-𝛂, que bombardean de forma sostenida a los tejidos sanos [1, 2, 3].
Por lo tanto, la inmunosenescencia (el apagón de las funciones protectoras) y el inflammaging (el encendido de la inflamación crónica) operan como dos caras de la misma moneda.
Es crucial entender que, el inflammaging no nace como un error evolutivo ni como un proceso puramente dañino. En su origen, se trata de un mecanismo adaptativo y de supervivencia: el cuerpo eleva la inflamación para intentar reparar el daño celular acumulado y mantener el control metabólico a lo largo de la vida.
El verdadero problema radica en su temporalidad. Cuando este mecanismo diseñado para ser temporalse prolonga por décadas y se vuelve crónico, supera la capacidad del cuerpo para apagarlo. Lo que empezó como un escudo protector, termina convirtiéndose en un incendio silencioso de baja intensidad que daña tejidos y pavimenta el camino para el desarrollo de enfermedades crónicas asociadas a la edad, como: la diabetes tipo 2, la osteoporosis, el Alzheimer, el síndrome cardiovascular-renal-metabólico (CRM) e incluso algunos tipos de cáncer [1. 2].
Sin embargo, la relación entre inflamación y envejecimiento es más compleja de lo que parece, surge la pregunta ¿Por qué algunas personas llegan a los 90 o incluso 100 años conservando una buena calidad de vida? De hecho, los investigadores han observado que muchos centenarios sanos,mantienen niveles elevados de algunos marcadores inflamatorios en la sangre, lo que sugiere que su cuerpo ha encontrado una forma de adaptación o tolerancia al inflammaging.
La respuesta a esta variabilidad se encuentra en la interacción entre nuestros genes y la huella inmunológica (inmunobiografía), un concepto que describe cómo las infecciones pasadas, las vacunas, el estilo de vida e incluso los contaminantes ambientales que respiramos moldean de forma única a nuestras defensas [1]. Por esta razón, dos personas de la misma edad pueden presentar estados de salud completamente distintos. Aunque ambas, hayan vivido el mismo número de años, sus cuerpos han recorrido caminos diferentes y han respondido de manera distinta a los desafíos de la vida. Esto ha llevado a los científicos a reconocer que la edad cronológica no siempre coincide con la edad biológica. Al respecto, comprender estas diferencias es importante porque ayuda a explicar por qué algunas personas envejecen de manera más saludable que otras y por qué la inflamación impacta en su calidad de vida [2, 3].
¿Es posible envejecer de manera saludable?
Una de las ideas más interesantes propuestas por los investigadores es que el inflammaging no debe considerarse como un proceso dañino o un defecto de la evolución, sino como el resultado de toda una vida llena de desafíos biológicos y ambientales [1].
La genética influye en este proceso, pero también, lo hacen factores relacionados con el estilo de vida. Está demostrado que hábitos como realizar actividad física de manera regular, mantener una alimentación equilibrada, dormir adecuadamente, controlar el estrés y conservar vínculos sociales saludables pueden contribuir a modular la inflamación asociada al envejecimiento [1, 2, 3].
En este contexto, ralentizar la inflamación crónica asociada a la edad y mantener el equilibrio del sistema inmunitario se han convertido en áreas prioritarias de estudio para las próximas generaciones de investigadores.
En resumen, el envejecimiento es un proceso inevitable, pero no necesariamente sinónimo de enfermedad. El inflammaging ha permitido comprender que existe una conexión profunda entre el sistema inmunitario, la inflamación y muchas de las enfermedades que aparecen con la edad. Aunque todavía quedan numerosas preguntas por responder, la evidencia disponible indica que el paso del tiempo no depende únicamente de los años cumplidos, sino también de la manera en que nuestro organismo responde a los desafíos acumulados durante toda la vida. Comprender esta relación podría ayudarnos a desarrollar estrategias que favorezcan una vejez más saludable y activa.
Bibliografía consultada
[1] T. Fulop, A. Larbi, G. Pawelec, A. Khalil, A. A. Cohen, K. Hirokawa, J. M. Witkowski and C. Franceschi, “Immunology of Aging: the Birth of Inflammaging,” Clinical Reviews in Allergy & Immunology, vol. 64, no. 1, pp. 109–122, 2023, doi: 10.1007/s12016-021-08899-6.
[2] J. Pająk, D. Nowicka and J. C. Szepietowski, “Inflammaging and Immunosenescence as Part of Skin Aging—A Narrative Review,” International Journal of Molecular Sciences, vol. 24, no. 19, Art. no. 14796, 2023, doi: 10.3390/ijms24097784.
[3] E. Karpuzoglu, S. D. Holladay and R. M. Gogal Jr., “Inflammaging: triggers, molecular mechanisms, immunological consequences, sex differences, and cutaneous manifestations,” Frontiers in Immunology, vol. 16, Art. no. 1704203, 2025, doi: 10.3389/fimmu.2025.1704203.






























