Por Carlos Ernesto Alvarado Márquez.
Nuestros campesinos bloquean las carreteras y el país reacciona. No por el hambre, no por el colapso del campo, sino porque alguien llega tarde. Esa es la escala real de nuestras prioridades, la tragedia puede esperar; el tráfico no.
Zacatecas no es un escándalo, es un espejo. Ahí están quienes producen comida diciendo que no pueden vivir de ella; del otro lado, el Gobierno con su talento para no moverse, o decir no es mi competencia, no es el momento, no es aquí. Traducido sin cortesía, no es urgente lo que a sus ciudadanos les pasa.
Conviene dejar de fingir, el campo no está en crisis por accidente, pues las reformas solo están diseñadas para resistir, no para vivir. Se les exige producir barato y sobrevivir caro, se les pide competir en un mundo global, pero sin herramientas; se les aplaude en el discurso y se les abandona en el presupuesto;produce, pero no prospera; trabaja, pero no alcanza; alimenta, pero ellos no comen.
El derecho, cuando se toma en serio, es claro. Quien produce alimentos tiene derecho a una vida digna, a no vivir en pobreza estructural, a decidir sobre su forma de producción y subsistencia; no es una concesión; es lo mínimo. En México, ese mínimo se trata como aspiración.
En la práctica hacemos algo más fino, protegemos el abasto y dejamos solo al productor; cuidamos el precio y descuidamos la vida de quien lo hace posible;garantizamos comida en el anaquel mientras quien la produce no puede pagar la suya. Eso no es un error, es una decisión en las practicas del gobierno.
Aparece entonces una idea incómoda, que el campesino decida qué produce, cómo lo produce y para quién. Suena razonable y por eso molesta, porque un campesino con derechos deja de ser alguien que se deja de manipular con programas baratos.
Mientras esto sucede nuestros campesinos aprenden la regla no escrita, si no interrumpes, no existes; si no incomodas, no eres un problema; y lo que no es problema en México no se resuelve. Por eso bloquea, no por gusto, por supervivencia.
La reacción es conocida, indignación urbana, llamados al orden, autoridades que piden paciencia a quien ya no tiene margen, todo funciona, excepto lo esencial; La pregunta queda abierta. ¿Qué pesa más, una carretera libre o un campo vivo?Si la respuesta sigue siendo la primera, el obstáculo no está en la vialidad, está en la conciencia.
Nos preocupa más el tráfico que detienen nuestros campesinos, que nos recuerda que llevamos años bloqueándoles todo lo demás. Y aun así fingimos que los del problema son ellos.



























