Por Carlos Ernesto Alvarado Márquez.
El Domingo de Ramos siempre es un éxito, la multitud aplaude, el poder sonríe y todos coinciden en lo mismo sin tener que hacer nada incómodo. A Cristo lo reciben como rey sin preguntarse cuánto durará el entusiasmo; hoy hacemos lo mismo. Discursos sobre el campo, promesas, reconocimiento; el campesino es importante, esencial incluso, pero solo mientras no se atraviese.
Luego viene el silencio; ese tramo donde nadie aplaude y nadie resuelve. Donde la justicia institucional existe en leyes impecables y en promesas bien redactadas, pero en la práctica se vuelve una fe rara, de esas que piden paciencia infinita y resultados inexistentes. Ahí ya no hay procesión, hay abandono.
Y entonces llega el Viernes Santo, que en México no necesita clavos, solo bloqueos, los campesinos interrumpen; y con eso basta para que el sistema reaccione. No con soluciones, sino con disciplina, amenaza de multas, advertencias, cuerpos de seguridad desplegándose, el equivalente moderno de “no hagas ruido”. Porque el problema no es la injusticia, es que se note.
Cristo también incomodó, no por violento, sino por insistente, no por ilegal, sino por inoportuno. Y el poder hizo lo que mejor sabe hacer cuando algo le estorba, no discutirlo, administrarlo, no resolverlo, quitarlo del camino, no porque fuera culpable, sino porque era funcional que desapareciera.
Hoy no hay sentencia, hay sanción, no hay cruz, hay costo. Y el resultado es igual de eficaz. El campesino se retira, no porque haya justicia, sino porque insistir sale caro, y cuando la verdad tiene tarifa, el silencio se vuelve la opción más racional.
Mientras tanto, todo continúa, festival, turismo, cifras alegres. La ciudad funciona, y claro que funciona, pero funciona porque alguien ya fue movido fuera del cuadro. Porque el problema dejó de verse, no porque dejó de existir.
Lo interesante es que el propio Estado reconoce al campesino como base de la vida social, no es metáfora, es estructura; sin él no hay alimento, sin alimento no hay país. Pero basta con que lo recuerde en voz alta para convertirse en una molestia administrativa.
No hay contradicción, hay orden; primero lo que luce, después lo que sostiene; primero la tranquilidad, después la justicia; primero la escena limpia, después la realidad, Lo que sí se puede ver es algo más inquietante. Seguimos repitiendo la misma lógica, aplaudimos en domingo, ignoramos en silencio y corregimos en viernes.
La moraleja no es religiosa, aunque use sotana. Aquí no se castiga al culpable, se desplaza al incómodo, y en ese sistema, Cristo no sería crucificado; sería multado, amedrentado… por bloquear la vía pública, por defender su derecho.






















