Por Carlos Ernesto Alvarado Márquez.
El poder tiene una relación bastante peculiar con la realidad; no la enfrenta, la gestiona. Primero duda de ella, luego la desacredita y, si ya no queda margen, termina aceptándola con la incomodidad de quien no reconoce un hecho, sino que administra un daño.
Eso fue lo que vimos en días recientes. Hubo una mujer en una ventana de Palacio Nacional y el hecho no solo fue real, sino que derivó en su despido; hubo también abucheos a una autoridad en Zacatecas y no fueron producto de ninguna simulación, o inteligencia artificial, por más que se intentara sugerir lo contrario. Pasaron, incomodaron y, sobre todo, exhibieron algo más profundo que el evento mismo.
Lo interesante no es que ocurran hechos incómodos, eso es normal en cualquier espacio público; lo interesante es la reacción casi automática de negar lo evidente, como si la realidad necesitara permiso para existir. Y cuando la negación ya no alcanza, aparece el matiz, la explicación, el intento de reducir el impacto, como si la verdad fuera negociable o, peor aún, administrable.
Ahí entra en escena la inteligencia artificial, convertida en el argumento más conveniente de nuestro tiempo; si algo incomoda, es falso, si algo exhibe, es manipulado y, si ya no hay forma de sostener la negación, siempre quedará la salida elegante de decir que el contexto fue malinterpretado. La tecnología, curiosamente, no solo produce contenido, también produce coartadas.
Ahí empieza el problema serio. Porque cuando una autoridad es capaz de negar algo que todos vieron, la pregunta deja de ser sobre ese hecho concreto y se vuelve mucho más incómoda; si en lo mínimo se miente sin pudor, la duda deja de ser puntual y se vuelve estructural.
No se queda en una ventana ni en un abucheo; se desplaza, inevitablemente, hacia todo lo demás. Hacia las cifras, hacia los discursos, hacia las explicaciones oficiales que, en teoría, deberían ofrecer certeza y terminan generando sospecha. No porque cada dato sea falso, sino porque la confianza ya fue erosionada en lo evidente.
Y ese es el punto delicado. La credibilidad no se pierde de golpe, se desgasta; no por grandes escándalos, sino por pequeñas negaciones innecesarias, por esas afirmaciones que contradicen lo visible y obligan a la ciudadanía a elegir entre lo que ve y lo que le dicen que vio. Una decisión absurda, pero cada vez más frecuente.

























