Por Fernanda Herrera
Hace poco inicié mi servicio social en el Servicio Médico Forense de Zacatecas. No sabía qué
esperar, pero estaba segura de que algo en mí iba a cambiar. No de una manera abrupta ni
dramática, sino más bien introspectiva… Al entrar, el silencio es denso y el ambiente se siente
triste y solitario; frente a mí no había meros restos óseos, había presencias. Historias detenidas
en el tiempo, vidas que esperaban ser reconocidas.
En tan solo unas cuantas prácticas entendí que la antropología forense no trata únicamente de
perfiles biológicos o de determinar causas de muerte; va mucho más allá de eso. Reconstruye
identidades a partir de lo que queda, escucha lo que los huesos cuentan cuando todo lo demás
ha sido borrado. Ponerle un rostro a los huesos es un acto profundamente humano y poderoso,
pues es negarse a que esas personas permanezcan en el anonimato.
Algo que me impactó especialmente es el tiempo. Algunos de los restos con los que trabajamos
llevan años esperando. A veces, más de diez. Diez años en los que familias buscaron,
preguntaron, sobrevivieron día tras día a la incertidumbre. Este trabajo busca combatir el olvido
institucional, convertir la duda en certeza y transformar la ausencia en regreso.
En México, esta profesión deja al descubierto algo más incómodo: la falta de especialistas para
atender esta crisis de desapariciones que nos rebasa. Resulta increíble ver cómo disciplinas
como la antropología y la arqueología, ante este vacío, han comenzado a jugar un papel
sumamente importante, un papel que va más allá de lo académico. Ya no solo nos incumbe
estudiar el pasado; ahora es imperativo intervenir en el presente, trabajar con cuerpos que no
son vestigios de un tiempo lejano, sino evidencias de una realidad actual que exige respuestas.
Esto hizo que me replanteara profundamente el sentido de mi formación. ¿Qué significa ser
arqueóloga en un contexto así? ¿Qué implica trabajar con restos humanos que pertenecen a
historias recientes, en su mayoría atravesadas por la violencia? La línea entre la ciencia y la
ética se vuelve más visible, más urgente.
Aún tengo un largo camino que recorrer, pero hoy, después de estos primeros acercamientos
interdisciplinarios, mi capacidad observativa ha cambiado para siempre. Ya no veo huesos; veo
historias, posibilidades de nombre, de regreso. Veo el gran trabajo de quienes, desde la
ciencia, se niegan a aceptar el olvido como destino final.
Y entiendo, con más claridad que nunca, que regresarlos a un hogar no es solo un
procedimiento técnico… Es un acto enorme de humanidad y dignidad.
- Fernanda Herrera:
Estudiante de la licenciatura en Arqueología de la Unidad Académica de Antropología UAZ



















