Economiza en las lágrimas de tus hijos,
para que puedan regar con ellas tu sepulcro.
Pitágoras de Samos (570 – 490, ane)
Mientras el presente texto toma forma, la comunidad académica de la Universidad Autónoma de Zacatecas decide en las urnas, si se va a la huelga este 18 de febrero de 2026. Si tal cosa ocurre, la suspensión de labores dará inicio en punto de las doce del mediodía. El ánimo que percibo en la comunidad universitaria es contrario al estallamiento, aunque es posible, percibo también que se decida estallar dado un gran descontento por la pobreza de los resultados que arrojaron las negociaciones previas.
Es indudable que la nueva administración universitaria ha mostrado una actitud que contrasta con la que presentaba el titular anterior Rubén Ibarra, a quien llegó a llamarse “el rector ausente”. Las negociaciones han sido abiertas y en muchos casos públicas a través de transmisiones en vivo por los medios electrónicos disponibles. De paso digo que este nivel de transparencia ocurre gracias al liderazgo de la Dra. Jenny González, actual Secretaria General del SPAUAZ, quien dejará en mayo próximo un par de calcetines muy difíciles de llenar. Ya veremos para entonces.
A pesar de la apertura, es notorio que la actitud es insuficiente si de satisfacer las demandas de los docentes universitarios se trata. Para el personal docente universitario, la jubilación es un misterio por resolver, sus ahorros en el ISSSTE están en riesgo y creo que si pudieran, optarían por la inmortalidad, a fin de no tener la necesidad de exigir la prima que por defunción les corresponde a sus deudos. en la UAZ no se ahorra en lágrimas durante la existencia y ni siquiera con posterioridad a ella.
Una ventaja, de entre las muchas que la transparencia tiene, es que lo que aquí se escribe puede ser corroborado, o en su caso desmentido por las grabaciones correspondientes. En ellas, algunos miembros de la administración descalificaron las demandas sindicales, apelando al hecho, público como es, de que nuestra máxima casa de estudios atraviesa por una crisis financiera de proporciones mayúsculas. De forma implícita se coloca la etiqueta de ingratos e intransigentes sobre quienes reivindicamos las demandas gremiales como derechos irrenunciables. Cabe entonces preguntarse: ¿es sensato renunciar al derecho a la jubilación digna?, ¿sería razonable aceptar la desaparición de los ahorros acumulados durante la vida laboral?, ¿es aceptable que al fallecer, los que sobrevivan tengan que cargar con todo el peso económico además de la natural pena?
Si los miembros de la administración, que son también docentes universitarios, tienen proyectado renunciar ellos mismos al ejercicio de tales derechos, bien podrían empezar rechazando los salarios de privilegio que, sin empacho ni remordimiento, reciben. En la competencia de las ingratitudes, nos toman rápidamente la delantera.
Hay llamados en las redes sociales a votar por el “no” a la huelga bajo el falaz argumento de que es lo único responsable. Esos llamados estimularon mi memoria, hacia los llamados a la resignación que solía hacer el sempiterno líder de la CTM Fidel Velázquez. Resulta que lo responsable es pues, la aceptación del atropello.
Si me permite usted la analogía: un padre recrimina al hijo que le pida alimento, argumentando su escasa liquidez. Si tal es el caso, ¿para qué quería ser padre? Me explico: si no se tiene idea clara de cómo resolver la crisis de la institución, ¿cuál es el objeto de buscar hacerse cargo de la administración central de nuestra benemérita UAZ?
Es obligación de los gobiernos federal y estatal suplir de recursos suficientes para que, sin penurias, las instituciones públicas dedicadas a la academia cumplan cabalmente con sus funciones. No hay espacio para sobar lomos, para el aplauso forzado o la complicidad política: la institución que se lleva en los hombros se merece la mayor prioridad. La formación académicamente sólida de los jóvenes zacatecanos debe colocarse en el centro y ello no es posible es un escenario de incertidumbre laboral y de estrés financiero. Quejarse no es una opción cuando se luchó tan denodadamente por el puesto.
Entre académicos, someter todo a escrutinio es un proceso cotidiano, y es más que claro que la crisis universitaria, tan largamente arrastrada, no admite soluciones fáciles ni vertiginosas. Hay un llamado de la administración federal a ser parcos con las estructuras administrativas, adelgazarlas en cantidad y en privilegios, para poner el acento en las funciones que se dicen sustantivas. Y en eso coincidimos.
Mientras que la rectoría solicita “comprensión” por parte de la comunidad académica, se reproduce el fenómeno de los ingresos ilegales a las nóminas universitarias, se oculta y maquilla información acerca de los manejos administrativos, que deben ser públicos, como pública es la institución. Se regatean además los derechos, particularmente a los docentes más jóvenes, los ingresados después de 1991. Muchos de ellos se enterarán cuando decidan jubilarse, y para entonces puede ser demasiado tarde.
El monrealismo no parece estar dispuesto a dejar de moverse en la universidad, donde su presencia, como la de cualquier organización política, es ilegítima, mórbida e inaceptable. Sus representantes internos han llegado al extremo de calificar como inexistente la crisis financiera universitaria, (véase, por ejemplo, La Jornada del 4 de febrero), bajo el argumento de que los salarios y las prestaciones más inmediatas han sido puntualmente cubiertas. Calificaría de infantil la construcción argumental de referencia, si ofensivo no fuera para los infantes.
Lo importante no siempre es evidente. Se cubren los salarios a través de créditos, en el caso particular de diciembre pasado, por parte del ejecutivo estatal. Y estos préstamos son nocivos por varias razones, y la más obvia de ellas es que deben pagarse más temprano que tarde. Enmascaran la realidad, alimentando la crisis que pretenden esconder. Y lo más grave, se presentan como una manifestación de generosidad, cuando en realidad, su intención verdadera es acallar las voces que exigen al gobierno del estado cumplir con sus obligaciones hacia la noble institución que ha formado, y sigue formando, profesionales competentes y comprometidos.
Cuando usted me haga la deferencia de leer esta modesta colaboración, la decisión estará tomada, y ella marcará el rumbo que habrá de tomar la lucha sindical universitaria. Ningún académico responsable se lame los bigotes ante la posibilidad de huelga, pero muchos de nosotros vemos en ella el instrumento más poderoso, hoy por hoy, para hacer que el gobierno cumpla con sus obligaciones hacia la educación pública. Hay también, quienes votarán en uno y otro sentido por motivaciones meramente políticas, y si bien no es lo ideal, es un resultado natural de la pluralidad universitaria.
El personal académico de nuestra Alma Mater habrá tomado una decisión. El ejecutivo estatal, claramente ya tomó la suya, que es la de subyugar para incumplir; pretensión, por otra parte, destinada claramente al fracaso. Y el rector debe también asumir la suya: hacer Historia, o simplemente hacer fila.






























