Por Carlos Ernesto Alvarado Márquez
Se volvió a conmemorar la promulgación de nuestra Constitución el 5 de febrero, hubo discursos, actos solemnes y referencias obligadas a los derechos, las libertades y la división de poderes, la Constitución fue invocada como se invoca a los clásicos, con respeto ceremonial y con una lectura cada vez más esporádica, cuando existe. El problema no es celebrar la Constitución, el problema es hacerlo mientras la realidad constitucional se deteriora sin pudor y casi sin consecuencias visibles.
Human Rights Watch, lanzó su informe mundial 2026, y describe a México como un país donde los derechos humanos operan con dificultad creciente, la prisión preventiva se usa como castigo anticipado, hay personas encarceladas durante años sin sentencia, la tortura no desaparece y las desapariciones dejaron de escandalizar porque se volvieron número. Nada de eso es un problema de diseño normativo, es un problema de funcionamiento del poder.
Cuando el sistema judicial deja de ser contrapeso, la Constitución se convierte en un texto aspiracional, solemne, correcto, cada vez más lejano de la vida real. Esa advertencia no es nueva. Luigi Ferrajoli la formuló hace tiempo sin rodeos y sin hablar solo de México, debilitar las garantías judiciales no fortalece la democracia, la vuelve frágil. Sin jueces con independencia real, los derechos dependen del humor del poder y no de la ley.
Aquí se respondió que exageraba, que no entendía el contexto, que primero había que corregir vicios. Tal vez. Pero las advertencias no se miden por simpatía ni por coyuntura, sino por lo que anticipan. Y la escena apareció, no en un tratado ni en un informe, sino en la vida pública. En un acto oficial, registrado públicamente, colaboradores se arrodillaron para limpiar los zapatos del ministro Hugo Aguilar Ortiz, frente a las cámaras, frente a funcionarios, frente a un país que celebrabasu Constitución.
No es el calzado, es el símbolo. En una república constitucional nadie debería agacharse frente al poder, porque la justicia no se sirve, se ejerce. Cuando el poder se acostumbra a ese gesto, aunque sea por costumbre o cortesía, algo más profundo ya se torció. Mientras se celebran aniversarios hay personas sin sentencia, mientras se invoca la Constitución los derechos humanos se defienden solos, mientras se habla de igualdad ante la ley alguien se agacha.
Una Constitución puede cumplir 109 años y seguir siendo joven en el papel. Lo que envejece rápido no es el texto, es un sistema que aprendió a celebrarlo sin obedecerlo.
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