Por Anna Maria D’Amore
Hoy en día se tiene conciencia acerca de las diferencias dialectales y culturales, además de lingüísticas, y se reconoce su importancia a la hora de emplear en situaciones de conflicto a mediadores e intérpretes, mismos que suelen someterse a capacitaciones rigorosas antes de poder ejercer en el campo. En otros momentos históricos no había capacitaciones ni tampoco tanta conciencia acerca de la complejidad de la problemática lingüística e intercultural. Por ejemplo, ni los colonizadores ni los colonizados del Siglo XVI tuvieron acceso a recursos teóricos y prácticos como los que existen en la actualidad para preparar a sus “lenguas”, como se les conocía a los intérpretes en la Nueva España. No obstante, a pesar de las limitaciones y carencias en la comunicación intercultural de otras épocas, es a través de la traducción, interpretación y mediación del conflicto entre lenguas, religiones y cosmovisiones, que se han llevado a cabo cambios significativos en ideas, lenguas y culturas, en los intersticios y espacios metafóricos de la negociación, que son análogos a los intercambios que aún suceden en contextos actuales de mediación.
Se ha examinado el papel de los intérpretes en el adoctrinamiento de las poblaciones nahuas a través del estudio del documento conocido como Los Coloquios de 1524 , un texto compilado más de 40 años después de la conquista de México, que aspiraba a reconstruir el primer contacto de los frailes franciscanos españoles con la población indígena y los primeros intentos de evangelizarla. Exactamente qué es lo que sucedió en este primer intercambio, no sabemos, ya que el texto de Los Coloquios de 1524 no proporciona información acerca de quiénes fungieron como intérpretes ni cómo; si se trata del recuento del primer contacto entre las dos culturas, no se explica cómo habría gente bilingüe capaz de fungir no solamente como intermediarios lingüísticos, sino además como mediadores culturales y espirituales.
Opina la activista y socióloga boliviana Silvia Rivera que: “Es evidente que en una situación colonial, lo “no dicho” es lo que más significa; las palabras encubren más que revelan, y el lenguaje simbólico toma la escena”. Aunque los intérpretes nahuas y españoles hayan hecho su mejor esfuerzo en la mediación del encuentro de las dos cosmovisiones en el Siglo XVI, seguramente muchas cosas quedaron sin decirse, ya sea por las diferencias culturales y las dificultades inherentes de traducir e interpretar en esas circunstancias de contacto y conflicto, o posiblemente porque toma la escena el lenguaje simbólico, como acto de resistencia cultural frente a la diferencia colonial.
La idea de Mignolo de “diferencia colonial” describe un espacio, tanto físico como imaginario, donde se da la restitución del conocimiento subalterno y donde emerge el “pensamiento fronterizo”. Es donde las “historias locales que inventan e implementan diseños globales se encuentran con [otras] historias locales”, y es el espacio en el que “los diseños globales deben adaptarse, adoptarse, rechazarse, integrarse o ignorarse” . Desde una postura compatible con la de Mignolo, Pratt (1987) sugiere que fomentemos la formación de nuevas geolocalidades y nuevas políticas lingüísticas a la luz de las numerosas “contaminaciones” por los flujos culturales globales de quienes logran escaparse de las distopías neocoloniales y los discursos hegemónicos de abuso y extinción lingüística, y que adoptemos nuevas prácticas de cruce lingüístico y cultural . La llegada de la visión cristiana española a México hace 500 años, si no es un buen ejemplo de la diferencia colonial y pensamiento fronterizo en los términos de Mignolo, ciertamente sirve de analogía. Hay otras situaciones neocoloniales en el Siglo XXI que ilustran mejor los argumentos de Mignolo y las podemos observar en múltiples contextos fronterizos, como heridas abiertas, diría Anzaldúa , donde el tercer mundo raspa contra el primero, y sangra. No obstante esta sangre, existen intervenciones en estos “contextos fonterizos de escape de las distopías que son hospitalarias y que reflejan nuevas prácticas de cruce lingüístico y cultural” .
La mediación lingüística es la práctica de traducción que contiene la dimensión más intrínsecamente hospitalaria. El mediador mira al otro a los ojos y lo escucha; esto es el primer paso hacia el acto de traducir o interpretar. En la mediación lingüística, el acto de leer gestos y escuchar sonidos y voces es diferente de la lectura y traducción de un texto escrito, porque no se limita al diálogo intertextual con el autor del texto dado. La mediación lingüística e intercultural también se distingue del ámbito profesional de los intérpretes, con su uso de audífonos y micrófonos, a veces separados físcamente por muros o páneles de cristal de los interlocutores del diálogo, al cual son ajenos. La mediación lingüística e intercultural, al contrario, se enriquece con la experiencia del contacto directo con el otro en su camino hacia una cultura de paz.
En su estudio de la mediación con migrantes y refugiados en el sur de Italia, Taronna nota que la mayoría de los mediadores lingüísticos tenía formación y práctica en la traducción o la interpretación de manera individual y profesional antes de ejercer como mediadores lingüísticos en situaciones de emergencia migratoria. Después de la experiencia como mediadores, la mayor parte se sintió comprometida con un proyecto colectivo y advierte que el trabajo de mediación tiene una agenda intercultural y política que trasciende la idea convencional -y algo cerrada- de la traducción como una simple herramienta de transferencia lingüística . Al escuchar las narraciones de las experiencias de los migrantes al cruzar el mar, de sus desafíos individuales, de su sufrimiento personal, su miedo y aprensión, los mediadores lingüísticos y culturales utilizan sus habilidades para ofrecer un espacio narrativo para el testimonio, un espacio que luego puede convertirse en un lugar de resistencia y de empatía . Aunque hace cinco siglos las olas de migración iban en sentido opuesto, es decir, no eran los expropiados quienes llegaban a tierras desconocidas sino los conquistadores, de igual manera el encuentro necesitaba de la mediación lingüística; no obstante, hay poca evidencia de empatía en aquellos encuentros, pero sí de resistencia.
Señala Taronna que los mediadores en los espacios fronterizos del mediterráneo en la actualidad se dan cuenta de que su nueva concepción y práctica de la traducción está restringida por el protocolo de comportamiento establecido por la policía local y otros organismos de seguridad, que son los que dictan las reglas de los campos de detención y recepción de los migrantes y refugiados. Curiosamente, esto no parece tan lejano del control ejercido por las autoridades novohispanas en los proyectos colectivos de traducción en el Siglo XVI de los frailes franciscanos y sus colaboradores nahuas, control que incluso llegó a ejercerse con estrategias adquiridas con la experiencia inquisitorial de algunos de los frailes. No obstante ese control, las retraducciones actuales de los manuscritos doctrinales bilingües o trilingües (nahuatl, latín y español), traducidos y compilados hace cinco siglos, revelan aspectos hasta ahora ignorados de la comunicación intercultural y sugieren un papel más activo de lo que se suponía en el momento, que actualmente describiríamos como uno de resistencia, por parte de los traductores e intérpretes que fueron los mediadores de la conquista espritual.
En la traducción y la mediación, como en todo encuentro cultural, están implicados por lo menos dos identidades distintas, cada una con su propia lengua y visión del mundo. En ciertos contextos de contacto y conflicto, una de las partes puede pretender imponerse a la otra, pero el mediador reconoce y respeta que cada uno tiene algo que aportar y recibir. Así como las retaducciones de textos históricos pueden arrojar luz sobre los procesos de negociación en encuentros y conflictos del pasado, reflexionar sobre las prácticas del pasado y realizar investigaciones acerca de las intervenciones actuales de mediación lingüística e intercultural nos puede servir para comprender mejor los procesos y tal vez mejorar las prácticas mediadoras en el futuro, en pos de una cultura de paz.

























