El intelectual que obedece al poder
es un peligro público.
El pasado lunes 9 de marzo nuestra Universidad Autónoma de Zacatecas fue escenario de un fiero ataque de patos contra escopetas. La dirección de la Unidad Académica de Agronomía realiza un paro de actividades y (auto) toma de instalaciones, para protestar ¡en contra del SPAUAZ!
A Kafka no se le hubiera ocurrido nada tan descabellado. Se antoja evocar al orate aquel Alonso Quijano, advirtiendo a su escudero: “… cosas veredes, Sancho, cosas veredes”, una vez ya convertido en el caballero andante Don Quijote.
La Unidad Académica de Agronomía adoptó un sistema modular que podría traducirse en una seriación trimestral de las asignaturas. Mientras este texto toma forma, se concluye el tercer trimestre del año lectivo y cuando usted lea lo aquí escrito, el cuarto trimestre ya habrá iniciado. Ante vacantes definitivas y temporales, aunadas al crecimiento de la matrícula, se hace necesaria la incorporación de docentes que las cubran, por lo que se realiza, en primera instancia, una evaluación a la calidad académica y el desempeño docente de los aspirantes. Esta primera selección es interna, en el sentido de que los aspirantes deben pertenecer al personal académico de la institución: la Universidad Autónoma de Zacatecas.
Cada aspirante llena una solicitud en el SPAUAZ previamente, con la idea de desempeñarse como instructor en una asignatura específica. Los solicitantes se presentan a una evaluación que consta de tres fases: oral, escrita y exposición ante un grupo académico. Este último tradicionalmente se elige de entre aquellos que ya hayan cursado la asignatura, procurando que su juicio tenga contenido. Como parte de la evaluación escrita, se pide al sustentante que proponga un programa para la asignatura alternativo al existente, lo que permite conocer tanto la amplitud de sus conocimientos, como la óptica filosófica que permeará su trabajo docente.
El jurado es nombrado por la academia correspondiente y el sindicato envía un observador, cuya función es reportar las anomalías de las cuales haya sido testigo. Como puede verse, el mecanismo formal es completo, exigente en lo disciplinar y pulcro en lo laboral. Pero como en casi todo, en los pequeños detalles se esconde el Diablo.
Antes de cada evaluación se produce una inspección documental que tiene por objetivo verificar que los sustentantes cumplan con el perfil que la dirección de la unidad considera necesario para desempeñarse en el espacio en disputa. Algunos directores, teniendo aspirantes favoritos que cubren el perfil A para cubrir la asignatura B, debiendo solicitar el perfil B, optan por el A. Esta es una anomalía que puede ser notada por las instancias sindicales, quienes tienen la facultad de solicitar aclaraciones al respecto. Sin entrar en más detalles, el lector ya puede imaginar cuantas otras anomalías pueden darse en el camino para promover el nepotismo, el clientelismo, el favoritismo, y siempre en detrimento de la calidad académica.
En el caso que motiva esta columna, los candidatos registrados y propuestos por el SPAUAZ tuvieron un mejor desempeño que candidatos de la dirección, por lo que resultaron más aptos para cubrir las cátedras en disputa, y eso por supuesto, el hecho incomodó a quienes acostumbrados están a usar los puestos administrativos desde una perspectiva patrimonial. La nómina docente de la Unidad Académica de Agronomía es más que elocuente: en ella aparecen de forma recurrente algunos apellidos.
Sin duda alguna, es posible encontrar familias de personas talentosas que además comparten una misma vocación, pero que ello ocurra en una misma unidad académica de una universidad como la nuestra, es ciertamente peculiar y digno de escrutinio, cuando no de estudio. Cuesta mucho trabajo encontrar una explicación que no pase por el clientelismo político, el nepotismo y el uso patrimonial de los encargos temporales; corrupción pues.
Que los sindicatos académicos de universidades públicas se manejen con autonomía respecto de las correspondientes administraciones es fundamental para garantizar la solidez académica de quienes acceden a posiciones en las diferentes unidades, puesto que mantiene los procesos de ingreso libre de nepotismo y toda forma de corrupción. La formación de los estudiantes de nuestras universidades será mejor y más completa si se cuenta con organizaciones gremiales de académicos que se desmarquen de la burocracias universitarias.
La independencia sindical implica que la voluntad de quien ejerce funciones de supervisión y control no gobierne las acciones de la representación gremial, y cuando ello ocurre, al fenómeno se le conoce como “charrismo”, calificativo que recuerda a Jesús Díaz de León (a) “El Charro”, el vergonzante Secretario General del Sindicato Ferrocarrilero, traidor, entreguista y sumiso con el poder, quien además tenía una gran afición por el deporte nacional.
En el caso muy especial de los sindicatos universitarios, el charrismo es particularmente bochornoso, dado que los representantes sindicales son, presumiblemente, personas instruidas y educadas, con alto sentido de la responsabilidad y arquetipos de comportamiento ético. Son formadores y por ello obligados a ser ejemplo de rectitud, y cuando no es el caso, no hay transmisión de valores en la educación universitaria, con las evidentes consecuencias nocivas para la sociedad.
La independencia sindical garantiza, en principio, que los actores de cada sector entiendan el rol que les corresponde desempeñar, ya sea administrando los intereses institucionales, ya sea trabajando en la salvaguarda de los derechos laborales. De esta forma, no hay complicidad, sino mutua supervisión. La democracia universitaria permite que se puedan desempeñar ambos papeles, aunque no de forma simultánea, y por ello administrativos y sindicalistas más que adversarios, son engranajes de una misma maquinaria que trabajan como contrapesos complementarios. Cuando uno de ellos invade el ámbito del otro, el equilibrio se rompe.
En el SPAUAZ, la gestión sindical de la Dra. Jenny González Arenas ha devuelto la dignidad y la independencia a la organización gremial, a pesar de la enorme resistencia que presentó el anquilosado charrismo que solía envolver en la penumbra el manejo de los recursos de la Fundación Sindical, que concentra los ahorros del personal académico de la institución. La Dra. González enfrentó ignominiosos procesos legales cuyo único objetivo fue siempre obstaculizar el trabajo sindical, que evidenciaría la diferencia con las representaciones sindicales previas. Pero ni el terrorismo procesal detuvo a Jenny y su valeroso equipo.
A pesar de todos los obstáculos, se logró por la transparencia en el manejo interno y en su relación con la administración universitaria, la fundación se capitalizó como nunca antes, se incrementó el patrimonio sindical, el padrón se depuró evitando la intromisión de las autoridades. En resumen: asepsia y profilaxis sindical. La ruta está trazada, solo hay que mantener el rumbo.




























