Por Juan Gómez
Ya nadie recuerda el argumento oficial obradorista en el combate al crimen organizado, que operó como una política pública y, que, hasta hace unas semanas, todavía tenía vigencia en las mañaneras: atender primero las causas.
El escenario del domingo pasado borró con una ráfaga dicha frase que dejó también atrás la estrategia de “abrazos y no balazos” que impuso recurrente y ocurrentemente el ex presidente López Obrador.
El gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum optó por lo que tanto criticó el sector duro morenista a Felipe Calderón, se decidió por el ataque directo de las fuerzas armadas (Ejército y Guardia Nacional) al líder del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), aquella mañana en el centro turístico de Tapalpa Country Club, con el apoyo del sistema de inteligencia de los Estados Unidos.
La admisión del equipo de élite norteamericano que colaboró con la ubicación -en tiempo y forma- del “Mencho”, derrumbó el discurso de la no intromisión de agentes norteamericanos en la estrategia de seguridad del país.
Pero la narrativa presidencial sigue repitiéndose en cada momento, en cada acto y en cada oportunidad para machacar el lema de “colaboración si, intromisión no”, lo cual cae por su propio peso ante la evidencia de los acontecimientos y de la aceptación de la presidenta Sheinbaum.
A lo largo de nuestra historia, los gobiernos norteamericanos siempre han intervenido en nuestra política interna, en cada uno de los conflictos que hemos tenido, desde que se apropiaron de más de la mitad de nuestro territorio.
Por supuesto que hoy, en la administración de la presidenta Sheinbaum no es la excepción, porque la imposición del presidente Donald Trump en su afán de implementar una política proteccionista en su país, modificó completamente su relación con su principal vecino comercial, para ganar popularidad a través de la política antiinmigrante y en contra de la introducción de drogas sintéticas -léase fentanilo- en su país.
Aquí en México nos entretenemos -¿O nos entretienen?- con la incógnita de quién sustituirá al “Mencho” y la pregunta elemental de ¿Qué sigue después de la muerte del “Mencho”?
La respuesta es la misma:
La disputa por el liderazgo de la mafia, la atomización de la organización criminal y el patrocinio político de su permanencia para financiar gobiernos y campañas electorales.
Nacerán nuevas siglas o nombres con los mismos criminales que seguirán reclutando a jóvenes; nuevas empresas y personas seguirán “lavando” dinero en instituciones bancarias cómplices y los nexos con la política no desaparecerán, porque el próximo, es un año electoral fundamental para el Movimiento de Regeneración Nacional y para la presidenta Claudia Sheinbaum.
También queda claro la fortaleza del Estado Mexicano y en especial, de las fuerzas armadas, pero la institución no se moverá si no recibe la orden de su jefe máximo, el presidente(a) de la república en turno.
El ex presidente López Obrador dio la orden de no responder a las agresiones de los criminales en contra de los militares, quienes fueron humillados en decenas de veces, lo que avergonzó a una sociedad que veía fortaleza, disciplina y honor en las fuerzas armadas.
Todo eso, no le importó a AMLO y en “recompensa” les dio el control de las comunicaciones y de la infraestructura del país, en una palabra, les dio dinero público, mucho dinero, que contribuyó a la corrupción en algunos mandos, y un botón de muestra es sin duda, el llamado “huachicol fiscal”.
¿Qué cambiará?
La pregunta seguirá en el aire durante el sexenio de la presidenta Sheinmbaum pero en los tres años que le restan a Trump, no variará la presión norteamericana que, sin duda, incidirá en el combate al crimen organizado en México.
Al tiempo.
@juangomezac


























