Por Carlos Ernesto Alvarado Márquez.
En México siempre hay una pedagogía extraña cuando se toca el dinero del trabajador, si protestas, te dicen que exageras, si preguntas, te llaman alarmista, y si desconfías, casi te acusan de no entender la modernidad financiera; el viejo truco de siempre, solo que ahora con lenguaje técnico y sonrisa institucional.
Vamos por partes, no te están quitando en automático el 30 por ciento de tu Afore; ese 30 por ciento es el margen que puede invertirse en ciertos instrumentos vinculados con infraestructura y proyectos asociados al gobierno, no significa que mañana despiertes con un tercio de tu ahorro evaporado, significa algo más sutil y por eso más peligroso, que una parte cada vez más amplia del dinero del trabajador puede quedar expuesta a decisiones públicas presentadas como inversión.
Y en derecho la diferencia entre propiedad y control nunca ha sido menor, el dinero sigue siendo tuyo, sí, pero eso no resuelve lo más importante, lo decisivo es quién determina el destino del ahorro, con qué criterios y bajo qué responsabilidad; porque una cosa es que tu patrimonio conserve formalmente su dueño y otra muy distinta es que su suerte dependa de apuestas que tú no decidiste.
El antecedente que importa y debemos decir, es que en octubre de 2018, después de la cancelación del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, las Afores registraron una minusvalía de más de 131 mil millones de pesos; conviene detenerse un momento en eso, no estamos hablando de una historia sobre mercados, estamos hablando de una decisión pública que alteró el valor de inversiones donde estaba colocado el ahorro de millones de trabajadores.
Ese episodio dejó una lección bastante menos romántica que los discursos oficiales, invertir en proyectos ligados a decisiones del poder no siempre significa seguridad, desarrollo ni bienestar; a veces significa volatilidad, incertidumbre y pérdidas, pero con lenguaje elegante, desde luego, para que el golpe entre con buenos modales.
Por eso el verdadero debate no está en repetir que “tu dinero sigue siendo tuyo”, como si eso bastara para dormir tranquilo; también el pasajero de un autobús sigue siendo dueño de su maleta aunque otro vaya manejando hacia el barranco.
Lo jurídicamente serio es preguntar si el ahorro para el retiro debe quedar cada vez más vinculado a proyectos cuyo éxito no depende solo de su rentabilidad, sino de la voluntad política, del capricho gubernamental o de la necesidad de vender una obra como símbolo de época; porque entonces la cuenta individual del trabajador deja de ser solamente un patrimonio protegido y empieza a parecerse a una reserva disponible para financiar visiones del poder.
Antes la exposición era mucho menor, hoy el margen es mayor; y cuando en México se amplía el margen de maniobra sobre recursos ajenos, la prudencia no es paranoia, es memoria.
En definitiva no es que te están quitando tu Afore, eso sería demasiado burdo; algo más refinado está ocurriendo, te la están administrando de tal manera que una parte más grande puede servir para financiar decisiones que tú no tomas, pero cuyos costos sí puedes terminar pagando; en este país hasta el ahorro para el retiro aprendió la vieja lección republicana, el problema no siempre es que te despojen, a veces basta con que te gobiernen demasiado cerca de la cartera.



























